En la era de la teconología y los avances a toda mecha, hemos perdido cierta pizca de humanidad por el miedo tan tenebroso, que tenemos al dolor. Estamos en plena carrera contra la propia vida por eliminar el dolor de la faz de la tierra.
Conviene, de vez en cuando, echar la vista atrás. Por muchas razones; aprender de los errores, conocer el origen de la realidad que nos rodea y sobre todo, no creernos los reyes del mambo.
Cuando se dedica más de dos minutos a leer sobre los antiguos, cuando se hace sin prejuicios ni aires de superioridad, uno puede darse cuenta de muchas cosas. Una de ellas es que ni muchísimo menos somos mejores que los que vivieron hace diez siglos, más bien nos hemos vuelto más débiles.
Es cierto que el hombre moderno ha conquistado la Luna, y que los avances tecnológicos y médicos están a la orden del día. Cierto que ya no todo se soluciona a base de cuchillos. Hemos “evolucionado” es cierto. Pero por estas carambolas del hombre, a la vez que descubríamos nuevos elementos químicos, nos estábamos volviendo miedosos y débiles frente al dolor.
Nos esmeramos en evitar el dolor y se trabaja para eliminarlo de la faz de la tierra. Es la bicha a la que la mayoría temen. Es la comodidad que otorga la ciencia; el hedonismo propio de nuestro tiempo; los miedos exacerbados. Es, a fin de cuentas, la otra cara de la “evolución”.
Hemos fiado nuestra propia humanidad a elementos inhumanos que por no ser, no son ni seres vivos. Asegurados en el control que ejercemos sobre la tecnología y la ciencia, hemos apostado nuestra propia humanidad en una ruleta que, en el fondo, escapa a nuestro control; que no se puede trucar.
El hombre siempre será hombre. Aunque se consiga la pretendida inteligencia artificial, nadie podrá desbancar al hombre de su puesto. Pero también es cierto que el hombre puede, podemos, deshumanizarnos renunciando a nuestro ser – y haber – en favor de nuestros elementos; y el dolor, más que pese a algunos, es parte connatural de la existencia humana.
Los antiguos, como digo, nos llevaban ventaja. Ellos aceptaban el dolor como elemento natural y común de la vida, cuando no lo consideraban algo purificador o incluso, redentor. Por supuesto, tenían medicinas y buscaban librar del dolor, pero no iniciaron una carrera contra la propia humanidad por disiparlo, por eliminarlo. Eran más listos que nosotros; lo asumían y de él obtenían pingües beneficios que hoy resultarían intrascendentes, como una mayor resistencia, un mayor amor a la vida y a su placidez, y mayor apego – que no esclavitud – por la capacidad del hombre para aliviar los males. Un poco de humanidad, a fin de cuentas.
En esto, hemos de reconocer, que hemos retrocedido. Está bien luchar por mejorar las condiciones de vida de las personas, por evitar sufrimientos innecesarios. Pero los hay que, siendo o no necesarios, son impepinables. Ahí, cuando el dolor llega vestido de tul, es cuando de verdad se muestra la humanidad de cada persona. Porque en nuestra sociedad hay muchísimos placebos que engañan al cuerpo y a la mente y nos alejan de ese dolor – juego, alcohol, sexo, etc… -. La diferencia la marcan quienes se rechazan esos placeres, y asumen que su propio sigma, y lo llevan con dignidad.
A nosotros quizás se nos haya olvidado, por aquello de los paracetamoles para todo, pero sería bueno que recobráramos ese espíritu de los antiguos en el que, cuando el dolor se podía eludir, se eludía, y cuando no; dignidad. Sin carreras, ni multinacionales, ni coches ni aviones, pero con dignidad y humanidad.