Defender las leyes de propiedad intelectual es como cocinar una paella para tus amigos y exigirles que te paguen después de la comida. Está feo.
Soy consciente de que últimamente mi aportación con artículos en Ritmos XXI es lamentablemente nula. Tengo, sin embargo, una razón de peso: no soporto la prensa musical. En el mejor de los casos me aburre, en el peor, y más habitual, me crispa los nervios. El periodismo musical actual es una mierda. Parece que la única función de la prensa musical es aniquilar toda la música que pueda, utilizando para ello todas las armas que pueda. Quizá el método más estúpido del que hace uso es expandir como la peste su filia al “
pionerismo”.
Hace unos días leía en
Dusted Magazine una crítica de “
Already Gone”, el último disco de
En, un proyecto musical muy interesante que juega con maestría con capas de sonido abstracto y ambiental en sus composiciones. Sin embargo, esto no es nada nuevo. La “drone music”, el “ambient”, y lo que usted quiera, existen desde hace mucho tiempo (incluso desde antes que algún idiota se le ocurriera poner tales etiquetas). Sin embargo, el crítico, volvió a caer en esa perversión del
pionerismo, y sin más dijo el disparate de que este disco suponía el comienzo de un estilo nuevo, absolutamente original y virgen. Esto es, este hombre sugería que se inventara una etiqueta más y contaminar así el ya de por sí sucio diccionario de terminología musical (y de paso apuntarse el tanto de “fui yo el primero que se dio cuenta”).
A los críticos les gusta ver “primeras veces” en todas partes. Les encanta identificar genios que inventaron algo nuevo, algo rompedor, transgresor, bla bla, cuando la verdad es que tal cosa es nada más que ilusorio. Siempre hubo alguien antes. A los críticos se les llena la boca diciendo chorradas como “John Cage es el padre de la aleatoriedad en la música” cuando la verdad es que Mozart ya componía algunas piezas basadas en tiradas de dados. “Arnold Scönberg padre de la música atonal”, cuando la atonalidad estaba más que explorada por mil millones de compositores, como Charles Ives, Liszt, Scriabin o Mahler. Se habla de los futuristas (y esto en el mejor de los casos) como pioneros del noise, cuando Tchaikovsky ya había metido cañonazos en sus composiciones y, de nuevo Scriabin, había proyectado una obra en la que (¡nada menos!) el fin del mundo era un instrumento más.
Y esto porque sólo miramos la cultura occidental, la otra gran enfermedad del periodismo musical. Es ahora cuando nos estamos empezando a dar cuenta que en la música, la armonía no lo es todo, y adoramos al artista que explota esta idea. Pero la verdad es que la música occidental, en su endogamia académica, lo ignoró todo. Para ella, la música oriental, quien ya había descubierto hace siglos esa cosa que ahora con pomposidad se llama “drone music”, no existió. El periodista musical adora a Edgar Varese por componer la “primera obra que utilizó exclusivamente la percusión”, y sin embargo, cuando éramos unos monetes no hacíamos otra cosa que percusión. Pero por alguna razón, para el periodista musical, esto no tiene validez alguna.
Lo peor del tema es que más de uno (y de cien mil) nos creemos las palabras de estos aniquiladores de la música, e incluso llegamos a crear organismos, tanto públicos como privados, con el disparatado fin de proteger unas supuestas “propiedades intelectuales” para defender a esos grandes pioneros de ideas artísticas, y donde, sin embargo, se ha acomodado lo más mediocre que hay por ahí (¿se acuerdan de esas fotos terribles de Zapatero rodeado de artistas?). Juan Barja, director del Círculo de Bellas Artes, dijo con bastante acierto, que no entendía muy bien esta fiebre por la propiedad intelectual, dado que era un concepto mal definido. Alegaba que en la música pop actual, por ejemplo, se copian formas de madrigales medievales, melodías que tienen siglos de edad, y métricas más viejas que el mear. “¿A quién hay que pagar entonces esos derechos? ¿A los antiguos o al iluminado que no ha hecho más que cambiar minúsculos matices a lo ya existente?” dijo Barja con cierta sorna sobre el absurdo del tema.
Sería mucho más fácil admitir que la música ha perdido todo afán de utilidad, cosa que no es mala, al contrario, es la puerta a la libertad creativa absoluta. Toda música que se crea ahora (y ahora me estoy refiriendo a la música de verdad) nace de una necesidad personal. Ya no existe el “Oiga Sousa, compóngame una nueva marcha militar”. El que crea música es porque quiere, nadie se lo está pidiendo. No se necesita a ningún artista en particular. Uno es libre de decidir si se quiere meter en el juego o no, y debe conocer previamente las limitaciones de este negocio. Defender a capa y espada las leyes de propiedad intelectual es como cocinar una paella para tus amigos y exigirles que te paguen después de la comida. Está feo.
La prensa musical, en su obsesión de etiquetar todo y crear becerros de oro, simplifica en exceso la pluralidad musical existente, condenando al olvido todo lo que no ha sido, en su absoluta torpeza, capaz de asimilar. Por ello, se vuelve necesario, hacer una prensa musical que destaque, ante todo, el rasgo de la personalidad. Se debe entender en todo momento que, quien habla, no es más que una persona igual a cualquier otra, y de la misma manera que el crítico dice A, se debe dar a entender que B, C, D… son respuestas igual de factibles. El lector de la prensa musical debe entender esto: que la historia de la música ha sido siempre un estudio occidental que lo ha ignorado todo y que ahora, sigue la misma tendencia. El lector debe saber que, probablemente, nadie escriba jamás sobre el artista que más le va a emocionar.