Publicamos la continuación del ensayo que el Profesor Bermejo ha realizado para RitmosXXI.com, sobre la reforma universitaria que se avecina.
Primera parte: el cliente nunca tiene la razón
En contra de lo que se afirma por parte de nuestros políticos y de nuestras autoridades académicas, ninguna universidad de calidad puede mantenerse con el coste de sus matrículas. Las universidades necesitan diferentes fuentes de ingresos y podríamos poner como ejemplo a la Universidad de Harvard, que disfruta del prestigio casi mítico de ser la mejor universidad del mundo.
Pues bien, Derek Bok (Bok, 2010), ex presidente de la Universidad de Harvard, ha dedicado un libro al estudio de la financiación de esa universidad, y en el mundo anglosajón otros autores, como Christopher Newfield (Newfield, 2003; 2008) han analizado este problema con rigor. Partiendo de sus estudios podríamos esbozar las siguientes conclusiones.
Todas las universidades privadas de gran calidad no son viables sin una parte de financiación pública, pues todas son deficitarias, aunque dispongan de distintos sistemas de ingresos. En el caso de Harvard, son los siguientes:
a)- las tasas de matrícula, que pueden superar con creces los 20.000 dólares anuales y para cuyo pago algunos bancos concedían créditos.
b)- las donaciones de los grandes protectores, a cambio de las cuales obtienen diferentes favores para sus familias o empresas o logran con ellas beneficios fiscales.
c)- los ingresos derivados del deporte universitario, que ya se han convertido en déficits por el coste de los equipos y entrenadores. Bok reconoce que un entrenador de baloncesto universitario gana más que un rector o presidente de la Universidad.
d)- los beneficios de la investigación y la colaboración con empresas, que se han convertido en pérdidas (Newfield, 2008, pp. 125-129), puesto que las empresas solo encargan investigación a las universidades cuando les resulta más barata que hacerla ellas mismas.
e)- la publicidad de la marca.
f)- la venta de paquetes educativos en Internet, que comenzó siendo rentable, pero acabó por ir en contra de los intereses de la universidad que los vende, ya que esa misma universidad demuestra que se puede prescindir de su docencia y de la mayor parte de sus profesores si casi toda la docencia pasa a ser virtual.
Derek Bok concluye que todos estos sistemas de financiación comenzaron dando beneficios y terminaron por dar pérdidas, y acaba reivindicado el papel básicamente docente de las universidades (¡estamos hablando de Harvard!) y la necesidad de la mejora de la educación superior. Y ello es así porque esa educación, como señala también Christopher Newfield (Newfield, 2003; 2008) está sufriendo un duro ataque en los EE.UU. en aras de los valores del neoliberalismo. Un ataque cuyas piezas clave son:
a)- necesidad de restringir el acceso a la educación superior.
b)- redefinir los valores en los que se ha de asentar la universidad, que han de ser los valores del mercado y de la política norteamericana tradicional, frente al igualitarismo, el multiculturalismo y la crítica de los valores sociales tradicionales.
c)- diferenciar la educación superior pública de baja calidad de la educación privada (aunque subvencionada) de alta calidad, destinada a la formación de élites políticas, económicas y científicas, a la que se accede básicamente por criterios económicos: matrículas o créditos para financiar másteres, que es donde se logra la educación de calidad.
d)- asumir la pérdida constante del valor de los salarios de los científicos, profesores, ingenieros, médicos…, con los que pueden competir profesionales provenientes de países menos desarrollados, que están dispuestos a trabajar por esos salarios reducidos.
Todo ello es así en los EE.UU., un país en el que las mejores universidades son las universidades privadas, y en el que el acceso a la educación superior hasta ahora se venía considerando un privilegio y un signo de distinción social. En los EE.UU. la educación superior puede comprarse, o no, en un mercado libre, en el que las universidades fijan sus precios y seleccionan o captan a sus estudiantes. Ahí sí que puede hablarse de un mercado con universidades caras o baratas, públicas y privadas y de mayor o menor prestigio.
Por el contrario, en España la mayor parte de las universidades son públicas y solo en ellas se paga a los profesores por su investigación. Sus tasas de matrícula son fijadas en una horquilla no muy amplia por el gobierno, con lo que la situación de mercado es radicalmente diferente a la de los EE.UU.
A continuación analizaremos desde el punto de vista del mercado qué compra un alumno de la universidad y qué recibe de ella. Y esto es aplicable a los casi 1.500.000 alumnos de grados y licenciaturas de las universidades públicas españolas, a los que atienden unos 105.000 profesores.
Tomaremos como ejemplo un Grado de Humanidades, en el que el coste de la matrícula es más bajo, por no tener prácticas de laboratorio, por ejemplo. Se dice que ese alumno cuesta al año al estado 6.000 euros; veamos si es cierto.
Un Grado se compone de 240 créditos ECTS. Cada crédito ECTS se compone de 25 horas, 10 de clase y 15 de trabajo, por las que se supone que el alumno no tiene que pagar a otro por trabajar para sí mismo, pues ello sería absurdo. En ese Grado solo puede haber como máximo 234 créditos de tipo presencial, lo que supone 2.340 horas de clase (234 x10).
Tomemos un grupo de 50 alumnos, lo que sería el mínimo exigible, según la reforma. En él cada alumno compra 2.340 horas de clase, cuyo coste debe ser dividido entre él y sus 49 compañeros de aula.
Si la clase dura una hora, consecuentemente el alumno compra 60 minutos de clase divididos por 50, o sea 1,2 minutos de clase del profesor. Por lo tanto el coste total del Grado por cada alumno será de 2.808 minutos de trabajo de sus profesores, o lo que es lo mismo, 46,8 horas de trabajo de sus profesores. Si, por ejemplo, su grupo de clase fuese de 100 alumnos, lo que ocurre en muchos casos, entonces compraría la mitad, o sea 23,4 horas de trabajo.
Como un alumno de humanidades lo que recibe básicamente es docencia, podríamos calcular el coste de lo que compra de la siguiente manera:
Sean 2.500 euros el salario medio mensual de un profesor universitario. Tiene que trabajar 37,5 horas semanales, siendo el coste de cada hora de su trabajo de 16,66 euros. Pero hay que tener en cuenta que de todo su trabajo anual solo dedica 240 horas a la docencia, por lo que en este cálculo el alumno compra no solo el porcentaje de docencia por hora de salario, sino también las correspondiente tutorías, y la parte alícuota del trabajo investigador y la labor administrativa de sus profesores.
Naturalmente, si los profesores fuesen contratados únicamente para impartir docencia por asignaturas sueltas, lo que cada vez se está haciendo más, entonces el coste de la docencia sería aún mucho menor.
El Coste del Grado para cada alumno sería, pues:
46,8 horas x 16,66 euros la hora = 779,88 euros en grupos de 50; y 389,94 euros en grupo de 100.
Si se le cobran 1.500 euros al año al alumno, el beneficio para la universidad será de:
1.500 euros por cuatro años del grado = 6.000 euros
Lo que restado de los 780 que cuesta todo el grado da un beneficio de: 5.220 euros
Es decir, que a ese coste la universidad está haciendo negocio, y ya no digamos a 6.000 euros anuales, o sea 24.000 por cada grado, lo que supondría un beneficio de 23.220 euros. Siempre que sigamos en el módulo mínimo de 50 alumnos, por debajo del cual un grado no es viable (Wert dixit).
Podríamos añadir otros costes como las horas de tutoría por asignatura y profesor. Aunque ello no sería necesario, ya que en el coste calculado el alumno paga la parte alícuota de toda la dedicación de su profesor y la tutoría va unida a la hora de clase. Aun así, hagámoslo, como si el alumno comprase otro servicio aparte.
Suponiendo que un profesor dedique 8 horas semanales a las tutorías de sus alumnos y siendo el coste de su hora de trabajo 16,66 euros, sus tutorías cuestan 133,28 euros. Y si esas son las horas de tutoría para cuatro asignaturas de 50 alumnos, el alumno comprará:
50 x 4= 200 fracciones de la tutoría total.
Si el coste de la tutoría semanal de cada profesor es de 133,28, el alumno adquiere:
133,28 / 200=0,6664
Dado que el curso tiene 30 semanas de clase, el coste de la tutoría que podría recibir el alumno serían 19,992 euros al año. Como el grado tiene cuatro años, el total supondría 79,96 euros, que habría que sumar al coste de los créditos del curso si el alumno no hubiese pagado la parte alícuota de las horas totales del trabajo del profesor, lo que ya ha hecho.
Sea, cobrémosle dos veces las horas de trabajo, por clase y tutoría, y aun así como el grado cuesta 780 euros, el coste anual por alumno será de 199,92 euros, a los que hay que sumar 19,992 de las tutorías, es decir, un total de 219,912 euros anuales. Muy lejos de los 900 actuales, de los nuevos 1.500 y de los 6.000 que se pretenden cobrar en el futuro.
Se me dirá que el alumno no solo compra horas de trabajo, sino servicios, como bibliotecas, aulas de informática, incluidos en la matrícula. Es cierto, pero no se le podría imputar más que la parte alícuota de la inversión anual en ellos, pues un alumno no tiene, por ejemplo que pagar cada el coste total de todos los fondos de las bibliotecas de su universidad, que si es antigua, como Salamanca, Santiago, Valencia y otras, puede tener incunables y libros de gran valor que, por una parte el alumno no utilizará nunca en su grado, y por otra forman parte del patrimonio de esa universidad, no siendo imputables a su balance de ingresos y gastos contables anuales.
Aunque se incluyesen toda clase de costes (administrativos, por los que ya se paga una tasa aparte en la matrícula para cubrir su costo, de calefacción, luz, etc.), es evidente que de ninguna manera se puede justificar ese coste supuesto de 6.000 euros al año, desde la perspectiva del interés económico del alumno en el mercado académico.
Pero es que además de ello, toda la política económica de las universidades en los últimos años se ha orientado a disminuir las inversiones de interés común y desviar el dinero a los gastos administrativos y a los procesos de control, de utilidad casi nula, y a financiar la investigación de los profesores, a la vez que se promueve la creación de empresas dentro de las universidades, a la par que se degrada la docencia, como veremos a continuación (sumado todo ello al pago de los intereses y las deudas con los que los bancos tienen asfixiadas a muchas universidades).