Hoy es un gran día
El paro, la crisis, los destrozos de Barcelona, el hambre y las guerras.Venablos que se clavan sobre el corazón de este pobre mundo nuestro, pero hoy es un gran día.
Hace un año y seis meses nació Alicia en un hospital de Madrid, entre dulces dolores de su madre. Tras una larga hora de parto, la pequeña vino al mundo pesando poco más de un kilo y con una salud muy débil.
Mostraron su retoño a la madre, y rápidamente se la llevaron a la encubadora para que no perdiera calor. Marta, su madre, pasó la noche en el hospital, con su mano entrelazada a la de Javier, su marido. Pocas horas de sueño, muchas de rezos. Cómo estará...pregunta eterna que martilleó sus cabezas hasta que a las 10 de la mañana, el doctor, amigo íntimo del padre, se presentó en la habitación número 105.
Unos minutos, y el doctor salió con los sollozos de la madre a sus espaldas. “Alicia tiene problemas respiratorios, hay que operar”. Y el doctor operó, y Alicia mejoró, tomó peso y poco a poco sus músculos engordaron y su salud fue recobrando el vigor.
Por fin, la ansiada vuelta a casa tras dos semanas en el hospital, los padres, con su pequeña en brazos, envueltita en mantas. Pasaron los meses. Javier se esmeró más en su trabajo y no tardó en ascender hasta conseguir una muy buena posición. Lleno de contento por poder ofrecer a su mujer y su hija todo lo mejor, iba y venía de la oficina sin olvidarse de que cada noche, al llegar a casa, Alicia le esperaba para que besara su frente y la protegiera de los monstruos que viven dentro del armario.
Cumplió un año. ¡Había que ver la cara de sus padres!, ¡qué orgullosos estaban!. Cómo brillaban sus ojos al ver a su pequeña con un enorme gorrito de cumpleaños que le tapaba los ojos. ¡Y cómo miraba Alicia la enorme tarta de chocolate que tenía ante ella! Fotos, risas y tan sólo tres personas: Javier, Marta y Alicia. Nadie más hacía falta.
En este primer año no había aparecido el fantasma de los problemas respiratorios. Javier dejó de fumar - o eso decía - y Marta cumplía a rajatabla todos los ejercicios que el bueno del doctor les había indicado que realizaran para mejorar la salud de Alicia. Paseos a diario por zonas verdes, algunos lloros provocados para que se abrieran bien sus pulmones y fundamental, insistió el doctor, sustituir el pequeño cojín sobre el dormía por el pecho de su madre o de su padre. “Tiene que oír los latidos”.
Hace seis meses la pequeña tuvo un fallo respiratorio. Sus padres corrieron como si no existiera el mañana, y la llevaron al hospital. Pasó una hora, y otra y otra... A Javier ya no le quedaban pitillos ni a Marta nervios.
Apareció el doctor, que guió a los padres hasta su despacho. “Alicia está en coma”. La madre se puso a llorar sobre el hombro de su marido. ¿Y qué pasará?. Javier reprimía las lágrimas para intentar tomar buena cuenta de toda la información. No se enteró de nada. Sólo le quedó claro que iban a empezar unos tratamientos y que, según el doctor, la corta edad de Alicia podía ser una ventaja, aunque también una desventaja.
Pudieron ir a verla. Toda entubada, con cables por todos lados y blanquecino color que hacía temer lo peor. La primera noche la pasaron allí, la segunda también y la tercera y así hasta que un día el doctor les sugirió que se fueran a casa a descansar unas horas. Ni el ejército en pleno hubiera podido mover de allí a esos padres. ¿Y si despertaba y se encontraba sola?. No, nadie movió de allí a esos padres que se agarraban a la esperanza como a un clavo ardiendo.
Pasaron los días y las semanas y Alicia no despertaba. Los pronósticos eran cada vez más agoreros. La parca hacía acto de presencia en los corazones de Javier y Alicia que, si bien nunca perdieron la esperanza, si chocaban contra ese maldito muro que son los partes médicos. ¡Qué alegría cuando son favorables y qué dolor cuando no lo son!.
El bueno del doctor se esmeró mucho. Se quitó todos los casos que tenía y durante meses se dedicó a Alicia por entero. Pasaba el día pensando en ella, en cómo ayudarla, en cómo vencer una vez más a la pálida dama. Era médico y sabía que ella tenía ventaja. ¿Pero acaso no podía ser vencida?.
El color de Alicia era cada vez más tenue. Pese a los sueros, había perdido un poco de peso. La expresión de su rostro era parecida a la de aquellos ancianos que en el final de su vida rebosan paz; saben que han dejado todo resuelto, que han vivido bien y eso les da paz en el momento del fatal desenlace. Alicia sabía que había hecho feliz a sus padres, ¡los más felices!, y eso parecía llenarla de paz.
Paz, paz, paz... ¿Tendremos paz algún día?, preguntaba Marta a su marido. Éste no sabía que responder. ¿Qué haremos sin ella?, insistía Marta. Pasaron los meses, y las preguntas siguieron sin respuestas, el doctor siguió planeando la estratagema para vencer a la pálida dama, y Alicia seguía llena de paz.
Hasta hoy.
Hoy es un gran día. El paro, la crisis, los destrozos de Barcelona, el hambre y las guerras. Venablos que se clavan sobre el corazón de este pobre mundo nuestro, que dan cuartel a la Muerte, y ponen frente al paredón a nuestras vidas. Nuestra humanidad, ¡ay de nuestra humanidad!, qué dolorida está y cuánto daño le hacemos todos los días. Piensa en todo lo malo... da igual. Porque hoy es un gran día.
Hoy a las 6.30 horas Alicia ha vuelto a respirar sin tubos. El doctor no sabe cómo. Sus padres tampoco. Desde las 8.00 horas lleva llorando. ¡Bendito llanto!.
Hoy Alicia le ha hecho una peineta a la muerte. Hoy es un gran día.