Nuestro columnista más polémico analiza lo ocurrido la semana pasada en torno al autor de Los Enamoramientos y su rechazo del premio Nacional de Narrativa.
Tenían que pasar unos días para poder observar detenidamente todo lo ocurrido en torno al Nacional de Narrativa que fue concedido, y rechazado, a Javier Marías por su obra Los Enamoramientos.
El panorama está dividido entre los que aseguran, con el propio protagonista, que lo que hizo fue por coherencia y los que piensan que detrás de todo esto hay una estrategia de marketing. La verdad es que el revuelo que el autor levantó, convocando a los medios en el Círculo de Bellas Artes y haciendo una declaración abierta en la que los avispados - o maliciosos, según se vea - pudieron leer entre líneas, da que pensar. Fue noticia en todos los medios, incluso en aquellos en los que no se había publicado ni una coma sobre su obra o su persona.
Le situó en el mapa mediático. Imaginémonos la fuerza de todo el girigai que montó que incluso se hizo un hueco en los atorados informativos, en los que las escaletas están copadas por noticias de la crisis, las elecciones en Estados Unidos y los repentinos cambios de temperatura. Fue publicidad gratuita que además presentó a Marías y a Los Enamoramientos de una forma que ninguna publicidad podría haber logrado: como un autor que no es un paniaguado que vive de los presentes del Gobierno de turno.
Pero, como decía, su alocución en la rueda de prensa tuvo flecos sueltos entre los que un malicioso plumilla como yo puede ver ciertas incoherencias. Como esa extraña separación que Marías hace entre los premios que conceden las autoridades de España y los que conceden las de otros países; no acepta los premios del Gobierno español, pero sí los que provienen de otros países. Sin irnos al siglo pasado, en 2011 se le concedió, merecidísimamente, el Premio Austriaco de Literatura Europea, que otorga el Ministerio de Educación y Artes de aquel país. ¿Acaso los Gobiernos extranjeros no pertenecen a aun partido, no están adscritos a ninguna ideología? Esta fundamental fractura en el discurso es lo que, siendo un malicioso como soy, me lleva a pensar que detrás de todo el follón sólo hay una estrategia de marketing para su libro y para él como autor. Nada más.
Esa división tan radical entre el prestigio que se le concede a un premio otorgado por un Gobierno de España y el que ostenta otro extranjero, es un poco el síndrome de Javier Bardem, que cuando está en algún acto con los Reyes de España no cumple el protocolo ni aunque le paguen, pero si es un acto con la Casa Real Británica, entonces sí que se enfunda en el esmoquin. Debe ser que los Windsor tiene más estilo y glamour que los Borbones o a lo mejor es que los monarcas de allí tienen un ramalazo republicano que desconocemos. No se sabe, quizás sea sólo el interés de salir en la foto según la situación.
La cuestión es que los premios culturales otorgados por el Gobierno español, sea éste de un signo u otro, gozan de un prestigio difícilmente equiparable por otros países. “El Gobierno no tiene que darme nada por escribir”, dijo Marías. ¡Claro que no tiene por qué! Los reconocimientos no son un deber, sino eso: reconocer públicamente la genialidad de un autor y destacarlo sobre el resto por una obra. Un Gobierno no da, reconoce y galardona. Es una equivocación tremenda creer que el Gobierno da algo a los escritores. ¿En qué le beneficia? Es su deber, tanto en cuanto detenta la protección y promoción de nuestro patrimonio cultural, reconocer a un español que ha realizado una buena obra de arte. Es su deber.
Una estrategia de marketing. Nada más. Quizá soy muy mal pensado, pero creo que Javier Marías, que es uno de los mejores escritores en lengua castellana de cuantos existen en la actualidad, ha caído en el síndrome de Javier Bardem, cuyo principal síntoma es, según las hemerotecas, ir de independiente en España y no rechazar ninguna prebenda que venga de fuera.