Las palabras son únicas. Solo ellas pueden ayudar a las personas a ser más humanas. Sólo ellas pueden hacer que los amores y sufrimientos encuentren un vehículo. Sólo ellas pueden abrirnos y batir nuevos horizontes.
Si a cambio de mi amor a la lectura viera
a mis pies los tronos del mundo,
rehusaría el cambio.
François Fénelon, teólogo y poeta francés
En la historia de la Humanidad existe un salto abismal, no siempre bien datado, que es la aparición de la escritura, que conllevó, la aparición de la lectura. Con este hecho, las sociedades vivieron el mayor de los avances que la historia ha visto y que, a buen seguro, verá. Ni la más ajustada de las ingenierías ni el laboratorio mejor dotado, podrán protagonizar un avance como el de la escritura-lectura.
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Las palabras han visto caer todos los imperios, surgir órdenes nuevos, personajes ilustres, pobretones desdichados |
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La importancia de aquel hecho sucedido hace millones de años, reside no sólo en el ámbito socio-económico, sino, y sobre todo, en el humano. Lógicamente, un abecedario y su expresión leída facilitaron enormemente las transacciones comerciales, la impartición de justicia y un sinfín de trámites y acciones sociales. Pero el ser humano, la persona, cambió los mecanismos mentales que hasta entonces había usado. No es atrevido aventurar que con la aparición de las palabras, el ser humano vio cómo su mundo cambiaba no en su contenido, pero sí en su continente. Reduciéndolo a su mínimo, el gran salto fue que lo azul pasó a llamarse azul, que lo negro, negro.
Las palabras son nuestras más antiguas compañeras de viaje. Sólo ellas han visto caer todos los imperios, surgir órdenes nuevos, personajes ilustres, pobretones desdichados. Tienen en sí, el gran peso de la historia y por lo tanto, de la humanidad. En tanto que compañeras de viaje, las palabras han seguido nuestros pasos por los derroteros de la Historia. Han evolucionado con nosotros; han nacido y muerto como nosotros; han marcado los signos de nuestros tiempos.
El mundo cambió cuando Colón pisó por primera vez San Salvador (Las Antillas). La Vieja Europa descubrió entonces que no estaba sola; que ella no era el mundo. Unos horizontes sin final se abrieron ante los ojos de los europeos, cuyos reyes se lanzaron expeditos a la conquista de las tierras bien halladas por Colón y su marinería. De la misma forma, tan humana, las palabras han ido conquistando diferentes cotos y castillos, construyendo lo que hoy es el mayor patrimonio que tiene el mundo: el lenguaje. Y al igual que Colón con su descubrimiento, las palabras también abren horizontes.
Las palabras y el horizonte
Cada descubrimiento o avance conlleva, o al menos conllevó en tiempos pasados, la asunción de nuevas palabras que nos permitieran referirnos a la nueva realidad que ante nuestros ojos se abría. Así, no sólo el hecho expandía nuestro horizonte, sino también la palabra que, ya fuese creada para la ocasión o rescatada, se escogió para referirnos a dicho avance.
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No pensamos en kilovatios, ni en anhídridos; lo hacemos en palabras. |
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Retomando el espíritu de las palabras que inician este artículo, ningún avance ni conocimiento, verse sobre la materia que verse, podrá nunca apoyar al ser humano tanto como las palabras. Y todo por algo tan sencillo, y tan increíble, como que el pensamiento humano es posible gracias a las palabras. No pensamos en kilovatios, ni en anhídridos; lo hacemos en palabras. Dicho esto, se añade al sentido romántico que hoy se le otorga a todo lo que no tenga que ver con los asuntos dinerarios, otro tremendamente práctico y real: nuestro pensamiento.
Un autor clásico, al que no le hizo falta el siglo XXI para quedar apartado, que eso ya lo hicieron sus coetáneos, escribía que nuestro pensamiento era como la alta mar; inconmensurable en su esencia, pero delimitado en su forma por una finísima línea de horizonte. Ducho marinero este autor, continua su tesis a través de una metáfora: el ser humano es como un barco de expedición. El horizonte no es su final, sino el punto que permanentemente hay que dejar atrás.
En esa travesía nacida para batir horizontes, no hay más remos que las palabras que forman nuestros pensamientos. Con ellas profundizamos en ese sinfín que somos. Nos conocemos mejor, porque podemos nombrarnos y nombrar todo lo que nos acontece. Amamos de una forma más veraz porque encontramos en las palabras el vehículo perfecto para trasmitir ese amor. La felicidad es posible gracias a las palabras, que hacen posible su identificación, y será mayor gracias a las palabras, que nos abrirán infinitos horizontes en los que buscarla.