Vuelve A. Jordá con un nuevo artículo. En esta ocasión, dedica sus letras a una obra de arte, cuyo título no revela pese a las insistencias del director, de la que se quedó prendado hace dos años.
La pesadumbre no ha logrado aún borrarme tu recuerdo. Sigo temblando cuando revivo aquel día. Te recuerdo a ti, tan guapa como siempre, con un aire despistado y la bondad reflejada en tus ojos, tan libre. ¡Cómo repicó mi corazón al verte!.
Andaba yo buscándome, intentando alcanzar la libertad y entonces te vi, adusta y firme. Se rompieron entonces mis grilletes; mi mente se liberó y mi alma se arrancó con el Te Deum... ¡Aún lloro cuando lo rememoro!
Entre las pinceladas que te vistieron me encontré, me descubrí amante. ¡Cuánta genialidad la de aquel pintor! que supo cubrirte de trazos rápidos, cargados de genio y bravura, a la vez que te detallaba con suaves toques de pincel, reposados y reparadores, tan llenos de paz. Pareces no tener fecha, ni tus mejillas parecen haber sufrido - pese a la adversidad - el temible craquelado, ni se han perdido tus matices.
Me buscaba sólo a mi y a pocos metros de ti, con esa luz tenue que se dedica a las genialidades, para que sean ellas las que lo iluminen todo, alcancé a saberme y..., y me enamoré. ¿Quién no se enamoraría de ti?. Estar allí, en esa inmensidad junto a ti me llenó de alegría y de paz. ¡Te quiero tanto!.
Hoy, que he vuelto a despertarme amándote, estoy sin ti. Y te quiero más, y más y más y más...
Es tal tu humanidad que de verdad percibí el toque de una mano divina en ti. ¡Por fin los viejos libros que hablaban de genios y obras maestras cobraron sentido!.
Te añoro; añoro los pigmentos de tu color, la sinceridad de tus formas; añoro hasta el marco que te encuadra. Y apenas me reconozco sin ti. Sólo tu visión tapona la sangría de mis entrañas, tu amor... poder amarte.
Y te he buscado en la brisa, en el humo, en el céfiro helado, en las mañanas y en las tardes. He gritado tu nombre al frío, y al calor de un recuerdo he besado tu imagen. Me he lanzado a mundos del más allá y fui selenita durante dos meses. Bajo estrellas escondidas creí encontrar tu rastro; combatí contra metáforas y huellas creyendo estar sobre tu pista y no te halle. Tuve que refugiarme, escaldado y ensangrentado en el más acá. En duermevela, busqué tu voz desnuda y apenas encontré un eco.
Y al final supe que no te encontraría ni el viento ni las mañanas; que el espacio que me separa de ti no se gana con batallas; que las estrellas no son guías; que ni en el más allá ni en el más acá estabas.
Al final, supe que tan sólo te encontraría en ti y que no volvería a ser yo hasta que te econtrara, hasta que te amara a ti, arte.